18 mayo 2009

Cancion de cuna para niños ebrios


- Sal del baño

- No

- Tengo que cerrar, joder, sal del puto baño

- No





A veces las noches se tuercen como espirales de tornillo acabadas en punta y en esas noches las hadas del amor suelen estar riendose por los rincones, sucios y llenos de colillas, de los pobres borrachos solitarios. Más de una vez me ha tocado montar la UVI de barra para algún herido grave de soledad. La cerveza no sirve como desfibrilador en esas ocasiones, pero el bourbon sí, el viejo cuatro rosas frio del fondo de la cámara ha devuelto a más de uno al mundo de los vivos desde la orilla de los deshauciados. Tan sólo hay que seguir las recomendaciones de uso: ingerir de un trago y exhalar el alcohol que se evapora al bajar hacia el estómago. Si tragas ese vapor en cinco minutos tendrás las botas llenas de salpicaduras.


Anoche tuve un herido grave, lo supe nada más entrar por la puerta. El murmullo que salia de sus labios al romper papelotes que rebuscaba en su raida bolsa militar no hacía más que confirmar mi diagnóstico. Miradas vacias dirigidas a la pantalla del movil con las mandibulas apretadas, amenazando con fundirse. El resto de los habitantes del planeta barra parecía no verlo, pero desde mi atalaya podia incluso oler el dolor que despedían sus ojos cuando se quedaban clavados en las torres amontonadas de cd's, en aquel desorden musical, territorio de guerra de sábados perdidos buscando una canción. De repente una especie de afán misionero me inundó y quise hacer algo por él, distraerle aunque fuera un rato, queria ser como el payaso de los hospitales infantiles, un nariz roja entre niños calvos. [-¿quieres oir algo en especial? -¿eh?] No podia esperar que se diera cuenta de lo que le estaba ofreciendo, elegir la música no era algo al alcance de cualquiera que entrara en el bar, pero tan sólo quedaban un grupo de clientes no habituales en la barra, y aunque no me daba igual oir cualquier cosa, ya tenía la nariz roja puesta. Pero aquel niño calvo no se daba cuenta de que estaba a su disposición para pasar aquel mal rato. [-que si quieres que ponga alguna canción en especial, como estabas mirando a los cd's...] Explicarle las cosas no daba resultado, parecia haber entrado en un estado semicatatonico, me miraba con las pupilas dilatadas, mientras se esforzaba en regalarme una sonrisa tipo mona lisa, y lo más que pudo fué acercarme su jarra vacia, sin palabras. Las pelis mudas tampoco se me daban mal, así que después de pasar por el cañero, le devolví la jarra y la sonrisa, más grande pero no menos falsa. Justo cuando me iba a dar la vuelta, resignandome a perder un punto más para mi beatificación, pareció decir algo. [-¿que tal una de Los Suaves?] Aquel tipo quería ir directo al dolor, regodearse en su propia miseria y escucharlo en voz de otro. La verdad es que Los Suaves es una buena elección si lo que quieres es hundirte hasta el cuello en el pozo ciego de tu propia mierda. No me apetecía nada poner a Los Suaves, así que empecé a revolver los cd's como un ladrón en la tienda de música, más pendiente de los ojos que tenía clavados en mi espalda, que de la música que pasaba por mis dedos.
De repente, un politono estúpido sonó a mi espalda [-"Te acaba de llegar un pedaaazo de mensaje de algun fiiistro"] y sin necesidad de darme la vuelta noté como sus ojos dejaban de prestar atención a mi nuca... y con un asustado susurro [-Noo, ahora nooo] se levantó , salió corriendo... y se encerró en el baño. En aquel momento hubiera apostado fuerte por una gastroenteritis severa o una deuda importante con algún camello impaciente, pero cuando a los cinco minutos apareció aquella chica preguntando por él me dí cuenta de que a veces la vida tambien va de farol.
Anoche aprendí que las cosas son mucho peores cuando las pensamos que cuando nos pasan, son peores cuando son futuro que cuando son presente, porque en el mismo instante en el que son presente, pasan a ser pasado, y entonces empezamos a curarnos de ellas, empezamos a olvidarlas, a asumirlas... Aquel joven no quería que su novia le dejase, y se le había ocurrido que la mejor forma de que aquello no pasara era no dejar que pasase, evitando el desastroso momento, que él visualizaba como el fín del mundo, y a la persona que lo protagonizaba, su chica. ¿Cobarde? no, creo que no es cobardía, es miedo. Un cobarde no sería capaz de reconocer su miedo, los tipos-avestruz se esconden sin que se les vea esconderse, los miedosos no tienen tiempo para pensar en eso. Ese mismo miedo no nos deja ver que el dolor está en la espera, en los interminables segundos que pasamos dudando sobre la certeza de lo que nos vá a suceder, agarrandonos una y otra vez a mil y un clavos ardiendo que nos queman las manos, y la esperanza... cuando las cosas pasan, la herida se abre, se corta la carne, el corazón... y todo empieza a cicatrizar...

1 comentario:

  1. El reloj gotea los segundos
    tac, tic, tac, tic
    rebobino la película
    y le doy al pause
    en ese momento
    en el que los dos
    tu y yo
    hemos sido felices
    proyectándo-
    nos.
    Entonces abro el grifo.
    Luego lloro.

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